sábado, 27 de febrero de 2010

Esperando


Hay noches que son más oscuras que otras, como la de hoy. La oscuridad se prende un poco de tu cuerpo y de tus ganas y es que, aunque estén ahí, es como si fueran aguja en el pajar, un fideo mal cocido en el jitomate, o como una pelotita de esas que hay en el juego de lotería del domingo por la noche.


Estas esperando sin saber que esperar, ¿Estaré esperando en el lugar correcto? Y no, al final de todo te das cuenta que no solo esperas sin sentido sino que lo haces más eterno. Es como de esas veces en que el metro se queda parado, oyes una voz maltrecha en las bocinas de los vagones pidiéndote que esperes, aún más, al final te largas a la mierda, y afuera te encuentras con la mierda liquida por que llueve, te mojas tus zapatos recién boleados mientras mirabas anuncios de sexo en el periódico del bolero, ¿Seré capaz alguna vez de llamar?, ¿Serán las fotos reales? En fin que sales, la lluvia te moja, no traes sombrilla y se moja tu libro de Cortazar, que empiezas a leer en el capítulo 73.


En fin, has salido de la estación, la lluvia te regala un tráfico de la verga, no hay para donde ni para cuando, caminas unas cuadras, pasan los coches y te llenan de agua puerca el hocico, regresas al metro y entre música del ayer, salsa, mambo, cumbias, chistes guarros y linternas que no necesitan pilas, llega el momento de seguir esperando, sin saber si llegarás.

El caso es que, estas en movimiento sin estarlo, esperas sin esperar y te quieres ir pero te regresas, esperar y volver a regresar pero a un lugar, pero te das cuenta que a lo largo de tu vida no has hecho más que olvidarte de lugares, de caras, de sentires, ¿Recuerdas el primer beso?, ¿La primera vez que metiste la polla en una vagina?, ¿Acaso importa?. El caso es que no se por qué espero sin que nadie espere nada de mí, y entonces soy sombra en una cueva, abeja en el panal, agua negra de canal, un “tick” de un reloj sin cuerda.

miércoles, 24 de febrero de 2010

No podía parar de leerlo

Lo he terminado...


Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis. Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después de que se apagaran las luces. La policía sospechó de un paciente, pero sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta. John Katzenbach demuestra su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.

jueves, 18 de febrero de 2010

sábado, 6 de febrero de 2010

Raro


Siento que he perdido la costumbre a la soledad... y ahora si me siento sólo, pero en el sentido de sólo sólo sólo...

A veces, por más que quieres, por más que deseas, y aunque estarías dispuesto a entregar el corazón y a cosas enormes, resultan ser como el aire, transparentes, por que a quién quieres no le interesa nada, absolutamente nada de eso, que para ti es todo...

Y no encuentro la ecuación correcta a tan disparatada incongruencia....